Presentación del Libro "Israel a 4 voces" - Sinagoga Justo Sierra

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Presentación del Libro "Israel a 4 voces"

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El domingo 26 de enero tuvimos una presentación muy especial de este libro maravilloso que es una invitación a leer a cuatro de los más grandes escritores israelíes contemporáneos: Amos Oz, David Grossman,
Etgar Keret y A.B. Yehoshúa.
Además Vicky Levy cantó canciones hebreas al lado de su hermano Gabriel y de Salo Wallerstein, haciendo de este un evento memorable.

Al final de las fotografìas del evento, les dejamos textos de quienes presentaron el libro.

ISRAEL A 4 VOCES, DE SILVIA CHEREM
POR FRANCISCO PRIETO
In memoriam André Chouraki.

Silvia Cherem es una periodista que logra lo que pocos periodistas: mostrar lo que define a un tiempo, a una circunstancia, plasmar estados de ánimo, atmósferas y circunstancias, darnos, en suma, lo más verdadero de una persona, de un hecho social y no lo prescindible. Decía Ortega y Gasset que si uno quería conocer lo más falso de una época que leyese los periódicos. Esto no se aplica al periodismo de Cherem. Parte de una sólida cultura general así como una información exhaustiva sobre el personaje al que va a entrevistar; ha analizado los periodos históricos que le tocó vivir así como el círculo de familia –“Pues yo soy el Señor, vuestro Dios, el Dios fuerte y celoso, que venga la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación…”(Exodo, XX,5)-, va siguiendo la evolución de su obra, de su pensamiento y, en lo que toca a la forma procura casi no hacer sentir su presencia de modo que las preguntas son breves y las repuestas, envueltas en la musicalidad del habla del entrevistado, provocan en el lector la sensación de estar asistiendo a una confesión dentro de una conversación. Nunca un fiscal, Sherem hace que el otro se confíe y entre en un soliloquio que nos va entregando su alma.

Israel a 4 voces, las de Grossmann, Oz, Yehoshúa y Keret,no es, no, la voz de Israel, sino una muestra de voces israelíes con las que la autora experimenta una connaturalidad profunda y que muestra, en cada una de ellas, el peso de la otredad en la cultura judía contemporánea y, por lo mismo, la raíz democrática de un Estado que ha preservado la pluralidad no obstante haberse desarrollado al filo del agua, o sea, en peligro. Son, por otra parte, israelíes nacidos en Israel cuya lengua es el hebreo, ya no el yidish y-o una lengua europea o norafricana del territorio donde hubieran nacido o se hubieran desarrollado. De cualquier manera, su ascendencia europea es próxima y sus ancestros, los judíos de Europa, contribuyeron de un modo decisivo en la conformación de las culturas europeas. En rigor, Europa es la resultante de la tradición greco latina dinamizada por el llamado judeo-cristianismo. Pero el cristianismo que convierte a los pueblos europeos es, en esencia, deudor de la Escritura hebrea. Nadie que no asuma la tradición de Israel es un cristiano verdadero. ¿Es necesario recordar que Jesús nació judío, habló como judío y la palabra de los profetas, especialmente de Isaías, estaban presentes en sus palabras? Todo esto viene a cuento porque desde su escritura los cuatro escritores entrevistados por Silvia Cherem hablan desde una tradición que les viene desde el Libro, el libro que hizo posible la sobrevivencia de un pueblo que careció casi dos milenios de territorio desde una perspectiva material porque, en realidad, la presencia de los judíos aquí y ahora rebasa cualquier explicación psico-sociológica y refiere a lo sobrenatural. Y en esto la cristianización de los pueblos europeos, que es la que le da identidad última a Europa –que fue anterior a las naciones europeas- fue, también la judaización de Europa. El antisemitismo, en suma, es uno de esos absurdos que muestra la fragilidad de la razón, la irrupción de lo irracional. Como dijera don Quijote, la razón de la sin razón que a mi razón se hace. Pues bien, los cuatro escritores de Israel vivos en el libro que presentamos hoy son, por un lado, reveladores de una realidad viviente que es la cultura israelí en el momento presente, y si bien tres de ellos provienen de una tradición europea, la de los askenazíes, el otro, Yeoshúa proviene de esos hebreos del norte de Africa cuya tradición mediterránea ha sido otra, lo que no impide los vasos comunicantes pues como enseñara Eliane Amado Lévi-Valensi entre tú y yo, por encima de ti y de mi está la Verdad, y esa Verdad para ellos reside en la convicción de preservar al pueblo de Israel y hacerlo dando constancia de un mandato del Levítico:

Tú amarás a tu prójimo como a ti
Mismo.
Yo soy el Eterno.
Le trataréis como a un hermano…
Amarás
Como a ti mismo al Extranjero que viva
Entre vosotros…
Porque vosotros habéis sido extranjeros
En el país de Egipto.
Yo soy el Eterno, vuestro Dios.

Dicho de otra manera, esa verdad presente en esos cuatro escritores refiere al espíritu ecuménico. Véase, si no, cómo el pensamiento de los judíos europeos del siglo XX revela la complejidad de la otredad que se vuelve una constante del pensamiento filosófico. Scheler y Buber, Bergson, Fromm, Jabés, Levinas…

Y no sólo la tradición centro europea judía da cuenta de esa contribución a la construcción de Europa sino, asimismo, esa otra tradición sefardí inseparable de la más fina espiritualidad europea de la que Fernando de Rojas y la conversa Teresa de Avila dan buen testimonio.
Diferentes tradiciones y carismas de las que provienen los israelíes y que han venido produciendo un complejo universo presente en el Estado de Israel gracias a un diálogo siempre vivo que ha sido posible en la instauración de una democracia que da constancia del paso de la Ilustración. Inmerso en el medio Oriente, con una lengua de la que se saben co creadores y que es en más de un sentido deudora del árabe, esos escritores israelíes escriben desde un contexto específico del que saben, como narradores que son, que tienen que dar cuenta de él, pero se saben, también, descendientes de la gran literatura europea, no una circunscrita a alguna de las naciones europeas específica. Este universalismo que se finca en la realidad concreta vivida, recuerda la de aquellos rusos que irrumpieron con una vitalidad asombrosa en el escenario literario de Europa como años más tarde lo harían los novelistas iberoamericanos. Descendientes de padres y abuelos que supieron de la existencia del mal, que se vieron inmersos en lo demoniaco, a diferencia de los iberoamericanos y en una medida menor de los rusos, los escritores israelíes no pueden ceder a la frivolidad, a ese espíritu de ligereza que se ha apropiado de tantos escritores de hoy, son conscientes de que no pueden aislar su propia problemática de la del mundo circundante, que como sus ancestros tienen que vivir atentos al otro y a los otros sabedores de que el otro detrás de una sonrisa puede esconder un odio feroz hacia ellos, que el saludo puede ser tan sólo la preparación para dar un golpe artero, inesperado. Aun un escritor joven e irreverente, lleno de humor como Ergar Keret no escapa a esto. Como escribe Silvia Cherem:

“En la poderosa voz de Keret, en sus metáforas literarias y cinematográficas…hay dinamita pura. Proliferan los caracoles que sorben el cerebro, las pócimas para el desencanto, los agujeros de soledad, los hoyos y recovecos para intentar abrir puertas inesperadas. La rebeldía irreverente que mina sin contemplación cada una de las apologías con las que se ha construido la identidad israelí”.

Amos Oz y David Grossman pelearon para defender el derecho a la existencia del estado judío pero no se dejaron confundir en un nacionalismo pueril, en un fundamentalismo criminal; vieron a los otros a los ojos, se confrontaron con los otros y confrontaron a los suyos, dieron sentido al objetivo sin sentido del suicidio de una madre devorada por el silencio, de la muerte en el frente de un hijo comprometido con el destino de su pueblo que no era, sin embargo, un joven que no advirtiera las virtudes de los otros; Grossman, Oz y también Jeoshúa tuvieron que lidiar con el silencio de sus ancestros porque, Vallejo lo dijo, hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé, golpes como el del odio de Dios, y el que ha experimentado el silencio de Dios cuando la Shoá se vive condenado a no hablar porque ¿cómo es posible comprender tanta iniquidad, tanta destrucción, tanto despojos de un pasado que cobraría sentido en el proyecto de vida de cada quién y un proyecto que segaron para siempre, reencuentros que ya no se pudieron dar, espacios que nunca más se habrían de recuperar? Esos hombres tienen un sí mismo que no se puede diseccionar y para ello el Libro tiene también una repuesta: hay que seguir adelante, no mirar atrás, no desfallecer porque uno se convertiría en una estatua de sal petrificada. Le dice Amos Oz a Silvia Cherem:

“En las librerías israelíes, mis libros y los de otros autores nacionales se ubican en el rubro de Siporet (prosa narrativa); no existe la categoría Ficción. A diferencia de otros países en donde al escritor se le considera una persona que entretiene a su público –porque hasta a Shakespeare o a Balzac así se les veía-, en la tradición judía ancestral un escritor es un profeta. Ello resulta una carga enorme; sin embargo, al escribir literatura, sí tengo un serio compromiso con la verdad. Con las múltiples verdades”.

David Grossman, por su parte, califica a Israel de milagro: “Milagro –le dice a Silvia Cherem- es un término religioso y yo soy un ateo, pero sólo en este contexto lo uso porque no hay un término más puntual”. Y le dice también que “Israel fue creado literalmente de las cenizas”…”Gente que fue arrollada por la historia, humillada hasta lo más íntimo, fue capaz de regenerarse, de recrear el hebreo y rescatar la herencia judía para fundar un país democrático con agricultura, industria ciencia y tecnología de altos vuelos…”
Jeoshúa da, en fin, un testimonio bellísimo de un humanismo para el siglo XXI:

“El conflicto ha permitido alimentar mi literatura, no he tenido que inventarles enfermedades fatales a mis personajes ni someterlos a accidentes de tráfico, el drama que vivimos está a flor de piel. Pero estoy un poco cansado del conflicto, de la realidad nacional que nos rebasa, del anti semitismo, del odio. Estoy tocado por el fuego amigo y por el fuego de los enemigos. Por las muertes sin sentido. A ratos pido una tregua. Como escritor, como ser humano…”

En este desierto del amor y de la conciencia moral que padecemos, Israel a 4 voces, de Silvia Cherem nos hace presente que sólo desde el dolor se vislumbra la esperanza, que sólo dejándose la piel se alcanza la vida perdurable de la poesía.

Silvia Cherem S., Israel a cuatro voces, Conversaciones conDavid Grossman, Amos Oz. A.B. Jehoshúa, Etgar keret. (Khálida Editores, México,diciembre de 2013).

Palabras para encontrarse con Silvia Cherem°
Arturo Córdova Just

Israel a cuatro voces es un texto fraguado en el taller de los sentimientos, donde lo que importa es el riesgo y que la escritora se ponga en suerte. Juega en serio a preguntar, y se hace responsable de las respuestas. Si el diálogo es el camino, es imprescindible acercarse con suavidad para entrar en el corazón de los otros. La escritura siempre es un viaje y nuestra autora sabe lo que busca: las personalidades literarias a las que entrevista le dirán que la literatura es el espacio donde se recupera lo sagrado, es decir, la intimidad y los sueños.
Para Silvia Cherem es aquí y ahora donde es fundamental decir lo que se siente. Los autores a quienes entrevista nos advierten que su patria es mucho más de lo que creemos que es. Al oírlos nos percatamos de la verdadera estrategia vital: la clave es el oficio de escritor, la maravilla de vivirse y vivir el mundo con las armas de una vocación.

La palabra entusiasmo viene del griego enthousiasmos: una voz formada de entheous que quiere decir que lleva un dios dentro. Y Silvia Cherem nos sorprende por su entusiasmo y la alegría de su coraje. En Israel a cuatro voces la vemos subirse al avión en contra de las circunstancias. Llueva o truene cumplirá con la exigencia de Amos Oz: “la cita es el jueves, de otro modo imposible”. Convencida, Silvia Cherem se fue a enfrentar al Minotauro.

En un mundo donde la frivolidad solemne es la expresión del agobio y del formulismo, Silvia Cherem sorprende por su sinceridad. Está donde están sus palabras. La actitud con la que entiende su oficio le permite lo primordial: certeza para evitar los rodeos de la mentira.
Pienso (no sé si ustedes coincidan conmigo) que sus entrevistas desenredan madejas o deshacen un nudo. Amos Oz no tiene más remedio que decidirse a describir, con apasionados y lúcidos pormenores, los recuerdos familiares, el nacimiento de su vocación, las relaciones con sus Padres. Silvia Cherem le deja hablar de su mujer y, de pronto, con la elegancia de un espíritu de emociones altas y asertivas, ella aparece en la sala para dar aún más luz a los ojos del escritor.

Resulta fascinante ser testigos de diálogos donde el miedo se pierde, las personas se abisman en el centro de sí mismas y revelan el misterio que les ha llevado a ser quienes son. De seguro Silvia Cherem venció a sus interlocutores a través de su deliciosa sonrisa, su amabilidad que parece la expresión de una militancia en pro del acercamiento, de ese magnífico desbrozar la maleza que impide la proximidad de unos y de otros.

Su técnica es fluir en las emociones, no contenerse por barreras poderosas o invisibles, ir paso a paso hacia el tesoro. Así, Etgar Keret se esculpe a sí mismo frente a ella, casi junto a los lectores. Es una sorpresa, es el mismo Keret quien le confiesa que jamás se había atrevido hablar con tanta holgura y generosidad de su persona.

Silvia Cherem se entrega a la creación de sus retratos, como diría Dostoyevski: con una orgullosa humildad. Deviene extraordinario sentir en los ojos cómo arden las frases de Israel a cuatro voces, un libro que busca dar en el blanco, no esconderse en la retórica e impulsarnos a recordar que, sin sinceridad, no existe la revelación.

Es así como la literatura recupera su papel en nuestro mundo, que no es otro que la salvación de las personas. Silvia Cherem viajó a Jerusalem para traernos, a los mexicanos que lo sentíamos como lejanía, y advertir que estamos mucho más cerca de lo que pensábamos.
Percatarse del dolor de David Grossman, con-moverse con él, acompañarlo en el temblor de acercarse a los libros y convertirlos en destino. Ver a su padre obsequiándole el volumen que transformaría la vida de un niño, no sólo inquieto por lo que veía, sino por lo que había detrás de lo que veía. Para nosotros hay un develamiento de un Israel desconocido

¿No perciben ustedes que las personas nacemos, de verdad, cuando el lobo nos llama desde el bosque y nos invita a franquear una línea invisible para penetrar en los misterios de la vocación? Con Silvia Cherem el lector da testimonio que escribir es también un combate, un cara a cara con las palabras y así dotar de cuerpo a lo inesperado.

Cherem invita a Keret a subirse al trampolín y lanzarse a contarnos de las llamas del bien y el mal haciendo crepitar sus pensamientos, los deseos más ocultos, las violencias interiores y el terror de ejecutar lo inapropiado. Sutil y vibrante es la descripción de la noche en la que Keret escuchó, por vez primera, la inquietante voz de Shira, su mujer. Un tesoro verlo discurrir por las planicies de su oficio y dejarnos saber que escribir cuentos es no sólo un impulso inevitable, sino la definición de su carácter.

Etgar Keret es un bateador de rotundos hits, un deslumbrante corredor de distancias cortas, un ser tierno y tocado por la paternidad. Cuando habla de su hijo se les ve juntos como saltando para alcanzar una cometa.

Los autores que Silvia Cherem retrata coinciden: se escribe literatura porque no se vale quedarse a medias, porque elegir un oficio es elegirse a sí mismo. Lo elocuente y definitivo es luchar por lo que uno quiere. Silvia Cherem parece decirnos: qué vacío el mundo de quienes no siguen su deseo, de quienes no se dejan arrobar por sus intuiciones.

¿No creen ustedes que ella escribe porque sabe que las palabras son la clave de la justicia y los sueños? Por Silvia Cherem nos enteramos del interés de David Grossman por aprender el árabe. Sin duda porque Grossman tiene la certeza de que no somos familias lejanas. Bajo el mismo cielo habitan el tú, el yo. Y si no, pregunten ustedes a quienes llevamos sangre valenciana.

Impresiona cómo Grossman se pone en la piel del otro con la primigenia intención de conocer qué se siente. Eso se llama romper con lo previsible, cortar de un tajo la ligazón con los lugares comunes de lo que los desdichados afirman que es imposible de lograr: la convivencia de los diversos.

Los escritores reunidos por Silvia Cherem nacieron de la tragedia y convirtieron las inmensas heridas en un movimiento hacia la lucidez. Se escaparon de las cadenas de la autocompasión para ofrecernos el privilegio y el honor de volver a comenzar, con la impaciencia que da descubrir tierras para el espíritu. Acaso sean ellos quienes nos propongan crear, en Toledo y en el mundo, una nueva Sinagoga del Tránsito.

° Israel a cuatro voces, de Silvia Cherem S. Conversaciones con David Groosman, Amoz Oz, A.B. Yehoshúa, y Etgar Keret. Khálida editores, 209 págs. México, D.F. 2013.

Israel a cuatro voces

Adriana Malvido.

Con nostalgia anticipada por algo que aún no ocurría, lamentaba hace dos meses no poder asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, cuando llegó a mis manos un boleto hacia el corazón de Israel. Fui y regresé en un día. Estuve en Tel Aviv, en el desierto de Arad y en los suburbios de Jerusalén, en los kibutz y en las bibliotecas, en la memoria de aquello que no debió suceder y en los ojos de quienes miran el conflicto con Palestina desde el territorio libre de la escritura.

Israel a cuatro voces, de Silvia Cherem, es un pasaje a Medio Oriente para acompañarla en sus conversaciones con David Grossman, Amos Oz, A.B. Yehoshúa y Etgar Keret, cuatro grandes de la literatura israelí que nos permiten entrar, como dice José Gordon en el prólogo del libro, al registro “de las voces secretas de otra cultura (…) donde se atrapan los sueños y pesadillas de otros pueblos”, donde “podemos sentir su respiración, su pulso vital más íntimo”.

La literatura es un lugar de encuentro donde, al ponernos en el lugar de otros, nos entendemos. El libro contiene, más que una serie de entrevistas, un gran relato a cuatro voces donde una más, la de Cherem, emerge en forma de periodismo literario con la autoridad de quien ha leído toda la obra de sus interlocutores y es capaz de identificar en qué momento se diluye la línea que divide la vida del escritor con la de sus personajes, para entrar sin taladro al alma de los autores.

Con la autora como guía de viaje penetramos en la biografía insumisa y rebelde de los escritores y sus personajes, a la muerte de seres queridos como una constante, a la vida recuperada gracias a la escritura y al amor; vamos al escritorio, a la mano, a la tinta de los autores que es como extensión de su corriente sanguínea, a su “diccionario emocional”, al origen de su nombre y al de su lengua, a los libros que leyeron, a su historia familiar, a su condición de hijos y después de padres…

Dice Keret (pg.169): “(…) esta pequeñita de apenas diez años caminó en la nueve durante 30 kilómetros hasta lograr retornar nuevamente a Varsovia, batallando paso a paso para no ser sepultada por la infernal helada. Al término de la contienda bélica, con apenas once primaveras, era ya una mujer entrada en años. Siendo niño, la pregunta era recurrente en mi cabeza: Si hubiera otro Holocausto, ¿tendría yo la capacidad de sobrevivir?”.

Más adelante (pg. 192): “El gran cambio de mi vida fue convertirme en padre, fue la única manera de dejar de ser un niño desafiante”. “(…) Antes de serlo me oponía mucho más a la vida, peleaba contra ella, pero con Lev, me he convertido en un mediador. Soy como su abogado, porque quiero que le guste mucho estar en este mundo”.

Con este libro penetramos a la tragedia del Holocausto sin lugares comunes –ni “chantajes” como dice Keret- y al despertar de su vocación por las letras que, en todos los casos, fue tabla de salvación y alivio para las heridas.

En la literatura, nos dice Gordon en el prólogo, “entroncamos en lo universal” y advierte en ese sentido que con este gran trabajo de Silvia Cherem, podemos pulsar cuatro hilos básicos del tejido de la cultura israelí que tal vez nos harán decir: “Pues claro, estas cuatro voces son mexicanas, forman parte de nuestras pesadillas, de nuestro sueños y esperanzas, son parte del laberinto de nuestra identidad”.

Leer a Grossman, que perdió a su hijo Uri en el frente, desde este México convulsionado, hace que nos sintamos menos solos cuando afirma que hay un sitio donde todos somos iguales, el sitio más humano, el del dolor. Escribe en un poema: ¿Cómo voy a poder/pasar a septiembre/quedándose él en agosto? Y nos remite inevitablemente a Javier Sicilia y al dolor de tantos padres que respiran sobreviviendo a un duelo de esa magnitud. “En mi familia –dice Grossman- perdimos a una persona, a nuestro hijo Uri, y difícilmente logramos levantarnos de ello. ¿Qué habrá sido de aquellos que lo perdieron todo: a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, a sus vecinos, a sus compañeros de clase, a los que amaban y a los que odiaban…? (…) ¿Cómo podrán tener fe en la humanidad? ¿Cómo podrán asumir la opción de la vida? ¿Cuánta fuerza era necesaria para luchar contra la gravedad de la desesperación y de la tristeza?”, se pregunta sin saber que nos conduce a nuestro propio espejo y al deseo de hacer nuestra su convicción de que “tiene que haber una tercera alternativa más humana. No sólo ser víctima o agresor”.

El suicidio, el de la madre de Oz y el del mejor amigo de Keret, es, junto a la herida colectiva de todo un pueblo, un tema tan constante como la recuperación de la vida gracias a la escritura, a la búsqueda apasionada de palabras imposibles y al amor: a la cultura, a la lengua, al trabajo creativo, al ejercicio de la memoria. Al eco de las voces que siguen escuchando en su interior.

Gracias a este libro nosotros también escuchamos múltiples voces. La de aquella maestra de Oz en la primaria que lo enamoró porque: “Cuando contaba una historia de la nieve, parecía escrita en palabras nevadas, y cuando era del fuego, las palabras mismas quemaban”. O la de su propia madre, la de la imaginación prodigiosa que solía contarle de niño historias con demonios, lobos, hadas, magos y bosques encantados. “Cada vez que escribo descubro su voz dentro de mi”, confiesa el escritor. Y escuchamos su propia voz cuando de pequeño en la escuela quiere ganarse la atención de sus compañeros con buenas historias.

Escuchamos la voz del pequeño David Grossman mientras le narra a sus compañeros de kínder los cuentos que le leyeron sus padres la noche anterior. Y, muchos años después, la misma de voz, ya madura, del hombre convertido en cuentacuentos que visita con sus historias a los niños atrincherados en medio de un conflicto armado.

Y escuchamos al pequeño hijo de Keret cuando responde a una pregunta sobre si su familia es religiosa: “Mi tía cree en Dios, mi madre no cree que exista Dios, y yo y mi padre aún no nos decidimos”. Y la del propio cuentista cuando explica: “Nuestro conocimiento es limitado y yo me siento cómodo de no entender todo”.

Escuchamos las voces y lenguas interiores que le hablan a Yehoshúa mientras escribe y también al silencio de lo no dicho.

En trabajos anteriores de Silvia, siempre me asombró su capacidad para llegar al corazón, a la locura, a la mano creadora, a la esencia del Otro, de manera tan honda, a través de la entrevista. En este caso concreto, puedo imaginarme la presión, los retos de ir y venir de Israel con el tiempo encima y, en el caso de la cita con Oz, una tormenta de por medio y un ultimátum: “El jueves o nada”, sólo tres días antes del encuentro. Cuántas lecturas, cuántos libros y ensayos, consultas y desvelos hay detrás de cada pregunta para convertirla en bisturí capaz de abrirnos el camino a las ideas más complejas con un lenguaje sencillo que no le resta un ápice a la sofisticación del pensamiento, las vísceras, las neuronas y los secretos de sus interlocutores.

Así sabemos que Oz escribió Mi querido Mijael por las noches escondido en el baño del kibutz; que Etgar Keret solía escribir denudo y que hace cuentos por su ansiedad de comerse la realidad de una mordida; que para Grossman, imaginar es un antídoto contra el miedo, que la obsesión de Yehoshúa es la búsqueda de la identidad… Y, entre muchas cosas más, que todos son activos defensores de la paz.
El fin de la ocupación israelí en los territorios en la Margen Occidental, el derecho de los árabes de Palestina y el de los judíos de Israel a “un hogar”, son luchas y anhelos que sólo serán posibles desde el mutuo reconocimiento. Porque el error de ambas partes ha sido, para Oz, “la negación del Otro”. Quizá sean la literatura y el arte un punto de encuentro, porque como piensa Grossman: “no podemos darnos el lujo de la desesperanza”. Él mismo y Daniel Barenboim –quien convocó a la creación de una orquesta con músicos árabes e israelíes- quisieron en 2001 reunir en una mesa de negociación a palestinos e israelíes para que “ambos bandos reconocieran el sufrimiento que se habían infringido unos a otros “, porque los dos, en el fondo “desean un reconocimiento de su sufrimiento” y después de hablarse con el corazón, podrían llegar los abogados, los políticos y los soldados a ponerse de acuerdo. Aquello no prosperó, pero el puente de la literatura sí y los escritores narran sus intercambios literarios y acercamientos con escritores palestinos.

Para Oz (pags.99-100), la única solución es dividir la casa en dos departamentos pequeños, Dos Estados. Porque el conflicto, asegura, no es religioso, es simplemente “un asunto de bienes raíces”. Dice: “Lo más prometedor de la historia es esa capacidad que tenemos los seres humanos no sólo de sorprender a otros, sino de sorprendernos a nosotros mismos (…) La paz es imposible sin audacia y la vida nos da sorpresas. Yo sigo soñando con ella”.

Cuenta Grossman que uno de los primeros actos de soberanía propia fue su decisión, a los 14 años, de estudiar el árabe como segunda lengua. Ante la molestia de sus padres, señaló un mapa y dijo “vivimos aquí (…) rodeados de árabes. Necesito estudiar árabe para entender mi propia realidad”. Estudiar esa lengua, asegura, “me permitió comprender el hebreo. Son lenguas hermanas, espejo una de la otra”. Quería conocer la historia de los musulmanes, la situación política de los países árabes y leer el Corán “porque tenía claro que debíamos abrirnos unos a otros”.

Israel a cuatro voces es un libro lleno de ideas, de significados y de sabiduría sobre la condición humana, sobre el bien y el mal, que no sobre buenos y malos, porque como dice Grossman: La Bestia puede emerger “de cualquier criatura, si se alimenta con la comida correcta”, (pg. 40). O como agrega Oz: “No estoy interesado en los conflictos que se transparentan para ser blanco y negro, sino en las confrontaciones complejas entre gente buena: bueno contra bueno” (pg. 70). Es un libro, también, sobre la ética del artista, sobre el arte de la escritura, sobre el conocimiento como una herramienta para cambiar el mundo. A lo largo de este gran relato, se entreteje la historia de los escritores con la de sus personajes. Uno lee “la escritura es la posibilidad de abrir las entrañas de lo íntimo y dejar volar la imaginación con el corazón batiendo con fuerza” o “los escritores lo que hacemos es: traspasar, perforar el nombre y hacer que éste penetre hasta la carne. Que la palabra llegue a la carne” e imagina a la autora del libro, contagiada, escribiendo con la pasión en la punta de los dedos, atrapando su propio talento para alcanzar el nivel de sus entrevistados y alcanzar la altura de su poesía. O, como en el caso de Keret, cambiar el tono y abrirle la puerta al absurdo y al humor del inteligente y joven autor, aunque nos esté contando una tragedia.
Gracias a Silvia Cherem pude acercarme a Israel a través de sus escritores sin ir a la FIL. Y si bien lamenté no ver esa tarde, en la presentación del libro, a Keret con los zapatos de su padre, esos que usa cada vez que viaja para recordarlo, ahora le agradezco la invitación de estar aquí hoy. Para compartir con ustedes este libro, para felicitarla en persona y decirle que, a sus colegas en este oficio, nos ha dado una gran lección de audacia intelectual, de periodismo, y un gran aliento para alimentar la idea de que el género de la entrevista puede estar a la altura del arte.

Adriana Malvido
26 de enero, 2014

 
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